EL SÁBADO

Sábado 18 de Marzo de 2006

El chinatown chileno

En el primer mall chino de Santiago abundan comerciantes de Wen Zhou dispuestos a trabajar más de 10 horas diarias.
Dos culturas diametralmente distintas tratan de entenderse en el barrio san diego.
Por Carmen del Villar M.

La primera vez que Xie Qiongyan se subió a un avión fue para venir a Chile. Eso fue hace poco más de un mes. Se vino con su prima Che Min, de 24 años, igual que ella, en el vuelo 526 de Lufthansa. Lo habían tomado en Shanghái, vía Frankfurt, Alemania, y 32 horas después se bajaron del avión en Pudahuel. El calor les golpeó la cara. Apenas llegaron, vieron a Miguel, su contacto en Chile, y juntos partieron en un transfer rumbo al hotel Fundador, en la Alameda. Dejaron sus maletas y salieron a caminar para conocer el barrio San Diego. Pasaron frente al mall, aún sin inaugurar, y llamaron a sus padres para decirles que habían llegado bien.

Las primas Xie y Che, al igual que casi todos los chinos que han llegado a nuestro país, vienen de Wen Zhou, una ciudad industrial de 7 millones de habitantes, conocida por falsificar prestigiosas marcas, que está ubicada en la provincia de Zhejiang, al sur de Shanghái. Allá se dedicaban al comercio y aquí han venido a hacer lo mismo. Vender, vender, vender. No hablan una gota de español y trabajan el día entero.

Un país de mil 300 millones de habitantes versus otro de quince. Un Estado que no permite tener más de un hijo por matrimonio en contraste de otro que se preocupa por la disminución de la natalidad. Una ciudad desbordada de ciudadanos, mientras a cientos de miles de kilómetros, otra se queja de poca densidad. No había dónde perderse. ¿Ser uno más en un mercado que representa a un quinto del mundo o venirse al fin del mundo y hacerse un lugar acá? Ciento veinte chinos están optando por esta alternativa: vienen a Chile a quedarse.

El dragón en San Diego

Por más que lo intentan, los chinos no logran ordenar las cosas amontonadas del suelo. Es mucha la mercadería y también mucha la clientela ávida de revisar y tocar todo. Son las 7 de la tarde y de un momento a otro llega una oleada de gente que llena el local.

­¿Si le compro dos pares de zapatos me va a hacer descuento?

El hombre chino la mira con ojos duros y le dice:

­No. Tres pales.

­¿Con tres pares me descuenta un poco de plata?

­Si. Tres pales, descuento. Buen descuento.

Hace pocas semanas fue inaugurado el primer mall chino de Santiago. Pese a que el Tratado de Libre Comercio con China todavía no entra en vigencia, los inversionistas reconocen que la aprobación del TLC los hizo concretar el negocio. Ubicado en San Diego con Alonso Ovalle, el mall se ha convertido en una parada obligatoria para quienes circulan por el barrio. Cien chinos ya se han venido a trabajar en él, y todavía faltan veinte por llegar.

Por ahora sólo la mitad de los locales del segundo piso están abiertos y son muy pocos los que se ven completamente armados. Pese a eso, la expansión comercial china salta a la vista en el barrio. Constantemente deambulan orientales por las calles, se escuchan gritos inentendibles y se ve circular un BMW azul piedra con cuatro chinos vestidos de terno adentro. Son los inversionistas.

La esquina es bastante concurrida y es imposible no ver alguno de los letreros que, en español y chino mandarín, dan nombre a esta construcción de tres niveles: Centro Comercial China. En el primer piso hay puestos de comerciantes chilenos como cualquier galería del centro de Santiago. El segundo tiene 54 locales que están siendo arrendados por los inversionistas chinos, quienes a su vez le subarriendan a sus compatriotas comerciantes, gente que vivía sin problemas en Wen Zhou, pero que se vinieron buscando mejores horizontes. El tercero es una planta libre totalmente desocupada. Para mayo proyectan que esté funcionando ahí un patio de comida china que los haga sentirse en su milenario país. La mayoría de los chinos que han llegado se ha instalado en pequeños departamentos en el barrio San Diego. A tres cuadras del mall, Chen Jianfe y Wu Hang Xiang arriendan un departamento en un octavo piso. Son socios. Antes, cuando vivían en su país, Wu era empleado de Chen, una china de pelo caoba, cejas dibujadas, y cuarentitantos años. Él parece algo menor.

Apenas uno entra golpea un fuerte olor. Chen lo nota y rápidamente rocía el lugar con desodorante ambiental. Muestra un clóset con el ánimo de que, al igual que ella, uno deje los zapatos ahí antes de entrar y ofrece fruta comprada en la Vega Central. Melones, ciruelas y manzanas que saca del refrigerador, instalado en una esquina del living. A escasos pasos está su cama con un gran cubrecama rosado. Al frente, una televisión y un dvd aún medio empaquetados y una mesa circular donde come. El departamento no es chico, tiene dos piezas y dos baños, pero ella dice sentirse más cómoda así, teniendo todo en el mismo ambiente.

Cuando llegó, dice, le impresionó lo limpio que eran los chilenos. Le gustó el país y se dio cuenta de que aquí podría surgir. Han pasado sólo cinco meses, agrega, y su corazón ya está acá. En pocos días llegará su marido y su hijo. Junto a Wu Hang Xiang arrienda un local en el mall. Ahí vende ropa de mujer, la misma que vendía en una calle tipo Paseo Ahumada en el centro de Wen Zhou. No les iba muy bien allá, tenían demasiada competencia, por eso se vinieron en octubre. Fueron los primeros de la oleada de comerciantes en llegar.

Viven juntos porque en China se acostumbra a que el jefe dé de comer y se preocupe de encontrarles un lugar donde vivir a quienes trabajan para él. Ellos mantienen la costumbre porque todavía no se acostumbran a ser socios. A tener una relación de igual a igual.

Los chinos pasan todo el día en sus tiendas. Ni siquiera cierran para almorzar. Los primeros días lo hacían, pero después era tal la cantidad de clientes que decidieron comerse algo ahí mismo mientras seguían atendiendo. A las ocho de la noche ponen la traba, cuadran las cuentas y ordenan, concluyendo una jornada de doce horas en el centro comercial. A eso están acostumbrados. De hecho, les impresiona lo poco que trabajan los chilenos.

El fin de semana los chinos descansan, cosa que en China no ocurre. Allá trabajan incluso los domingos. Duermen casi todo el día, toman té chino, se juntan a comer y juegan naipes. No salen mucho, pero a los más jóvenes les gusta ir a bailar los sábados a la discoteque Manhattan, de calle Amunátegui, o a la Punta Browne de Bellavista. Se van en taxi y los hombres dicen que bailan tanto con chilenas como con chinas. Los que ya no están para esos trotes van de vez en cuando a comer a alguno de los tres lugares de comida china-china que hay en Santiago. Porque el chapsuí, el wantán y los arrollados primavera no tienen nada que ver con lo que a ellos de verdad les gusta. "Esa es comida cantonesa, más bien es una versión chilena de la que se come en Cantón, son platos occidentalizados", explica uno de ellos. Son bien sanos para comer: arroz blanco sin sal, verduras salteadas, mucho té verde y nada de azúcar. No mezclan la comida con el líquido, y sólo después de dejar los palitos en el pocillo, toman agua.

Problemas chinos

Uno: no entienden nada. Dos: no se sienten queridos. Tres: andan asustados de que les roben.

Hace pocos días unos detectives de policía internacional descubrieron a once chinos trabajando ilegalmente en el mall. Atemorizados, los comerciantes no sabían cómo reaccionar. Debían seguir atendiendo a los clientes, y al mismo tiempo aclarar la situación para evitar ser detenidos y apagar la crisis frente a los medios. Zhou Ruisheng, gerente general del centro comercial, dice que fue el nulo manejo del idioma lo que los metió en tamaño problema, pues los chinos estaban con visa de turistas mientras esperaban la tramitación del permiso para trabajar. Que sólo era una cosa de tiempo. Finalmente no hubo detención, pero tuvieron que pagar una multa.

El olor que expelen es otro tema complejo. A una cuadra del mall, en la esquina de Serrano con Alonso Ovalle, está el edificio Bicentenario. Lo terminaron de construir el año pasado y, según una vecina, "hoy está plagado de chinos". Catorce departamentos están siendo ocupados por los comerciantes orientales. "A muchos no les gusta estar rodeados de chinos y a otros les da lo mismo, pero no me ha tocado nadie que me diga, que rico que acá vivan tantos chinos", declara Bernardita Molina, la encargada de ventas del edificio.

Jorge Dazza, el conserje, dice que las quejas son pan de cada día. "Los propietarios están hasta la coronilla. No hay día en que alguien deje de reclamarme por el olor. Hay algunos que cocinan con la puerta abierta, para hacer corriente, pero queda todo pasado. Y yo tengo que partir y decirles, pero no me entienden nada y todo sigue igual". Los desodorantes ambientales cuantifican el fenómeno. "Ahora gastamos cerca de veinte al mes, el doble que antes", dice el conserje.

Wu Hang Xiang, el hombre que se vino con su socia, se siente bien en Chile, pero también ha tenido momentos malos. El más amargo fue cuando le robaron. Estaba en Estación Central, vendiéndoles mercancías a los chinos de la calle Meiggs, cuando llegaron tres o cuatro hombres, tomaron las cajas y se fueron corriendo. Su socia estaba ahí, haciendo guardia a las cajas, pero no pudo detenerlos. Gritó, saltó y nadie hizo nada. Además de las doscientas poleras, perdieron la confianza para salir a la calle.

Quienes no quieren saber nada de los chinos son los locatarios del primer piso. Reconocen que gracias a ellos aumentó la clientela, pero se sienten estafados y temen por su futuro. "Quieren que el mall completo quede para ellos, porque no podemos competir con sus precios", dice Carlos Plaza, vendedor de carteras.

El motor del mall

Lo que está pasando en el barrio San Diego es el encuentro de dos culturas totalmente distintas. "Estuvimos once meses mirándonos las caras sin comprendernos, a puras señas, confiando totalmente en que el traductor haga bien su trabajo", cuenta Francisco López, administrador del mall. Porque incluso en temas de negocios cuesta entenderse. Ellos no miden en kilos ni en metros, sino en containers. Además, del yuan convierten al dólar y de ahí al peso chileno.

Los inversionistas que arrendaron el segundo piso tienen cuatro malls en los Emiratos Árabes, uno en Singapur y otro en Corea del Norte. Chile les interesa como plataforma para extenderse al resto de Sudamérica. Hasta ahora la inversión aquí ha sido de 20 millones de dólares.

El contrato de arriendo con la Corporación de Desarrollo de Santiago es por cuatro años pero, de irles bien, lo renovarán. La mayoría espera traer a su familia. Hasta ahora les han llegado veinte containers, otros sesenta vienen en camino y algunos incluso han cerrado sus locales porque se les acabaron las muestras antes de que les llegara el próximo cargamento.

Ji Rubin, quien hace de traductor de los empresarios, se ha convertido en el motor del mall. Se hace llamar Miguel y corre todo el día tramitando permisos, haciendo encargos e instalando a los chinos que llegan hasta acá. Probablemente es el único que los conoce a todos y explica la forma de vida de sus compatriotas: trabajar, trabajar, trabajar, para después, de viejos, disfrutar.

Nueve años lleva viviendo en Chile y aunque entiende todo, todavía no habla bien el español. Se vino a trabajar a una empresa familiar y, poco después, se independizó. Hoy está lleno de planes: hacer un valle de viviendas en Peñalolén, donde cada chinito tenga su casa con patio. "Porque acá suelo más barato, mejor clima y más seguridad", dice quien en China jamás aspiró a tener su propio jardín.

­Yo antes, comunista ­dice Miguel­ Ahora, capitalista. Porque capitalista tiene mucho dinero en el bolsillo. Yo tengo muchas ideas para futuro. Mucho bonito es mi deseo. Ojalá ser el rey de todos los chinos, aquí.


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Xie Qiongyan viene de Wen Zhou, una ciudad de siete millones de habitantes al sur de Shanghái, famosa por falsificar prestigiosas marcas. Ahí ella se dedicaba al comercio, y aquí ha venido a lo mismo.
Xie Qiongyan viene de Wen Zhou, una ciudad de siete millones de habitantes al sur de Shanghái, famosa por falsificar prestigiosas marcas. Ahí ella se dedicaba al comercio, y aquí ha venido a lo mismo.


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